mercredi 17 août 2016

Del acoso escolar en Vallecas a triunfar como bailarín en Nueva York

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Del acoso escolar en Vallecas a triunfar como bailarín en Nueva York

Con 20 años, Carlos Alonso será solista en el New York Theatre Ballet la próxima temporada. De niño no se atrevía a decir que quería bailar.

JOSÉ LUIS ROMO   17/08/2016 elmundo.es
Siendo un niño, Carlos no se atrevía a decir en alto que quería bailar. Veía por la televisión las piruetas que hacían en un programa de los bailes de salón, "cómo cogían a las chicas y las tiraban por los aires", y fantaseaba con emular aquello. "Pero con el tema del bullying en el colegio me costaba decirlo". Sin embargo, con nueve años tomó una determinación: "Haré lo que me dé la gana". Se lo dijo a su madre y ésta le apuntó en la Academia Elena Fernández, de Puente de Vallecas. Ahora, Carlos Alonso tiene 20 años, andares elegantes que delatan horas de entrenamiento y las próximas navidades será uno de los solistas del New York Theatre Ballet en El cascanueces.
"He tenido periodos de estar muy triste, de no creer que algo así fuera posible. Por eso ahora estoy muy contento. Después de haber sufrido tanto de pequeño, del acoso, creo que todo el esfuerzo ha merecido la pena", cuenta mientras apura un refresco en un bar de Lavapiés. Este bailarín especializado en danza clásica y neoclásica pasa en Madrid el verano, pero en septiembre volverá a Nueva York, la ciudad en la que ha vivido el último año. Allí hase ha formado en la prestigiosa Joffrey Ballet School, una de las escuelas norteamericanas más conocidas dentro de su disciplina, con sedes también en Chicago y San Francisco.
Hasta dar el gran salto, el camino ha sido duro. Con 12 años hizo las pruebas para el conservatorio Carmen Amaya y con 13 ya se preparaba para ser un profesional. "Tomaba clases de baile de nueve de la mañana a tres de la tarde. Después, iba al instituto de cuatro a nueve y media de la tarde, y por la noche a estudiar. La verdad es que dejé de tener vida, se acabó lo de celebrar los cumpleaños y cosas así. En el bachillerato apenas dormía. Recuerdo un día que llegué a clase pronto para estirar y me puse a llorar por el agotamiento. La profesora me preguntó qué me pasaba y yo le dije que llevaba tres días sin dormir estudiando para los exámenes. Me mandó a casa a dormir... pero aún me quedaban tres exámenes".
Un esfuerzo titánico que sabía que no tendría recompensa en su país. Alonso siempre tuvo claro que, si quería hacer del ballet su modo de vida, tendría que irse fuera. "Nunca me planteé quedarme. Aquí no se valora nada la cultura, puedes vivir dignamente si te dedicas a los deportes, que es algo que respeto, pero para trabajar en la cultura tienes que marcharte. La Compañía Nacional de Danza está muy bien pero hay bailarines de élite, que son prácticamente mileuristas. Muchos son de fuera y apenas pueden mantenerse".

Cuando Carlos terminó sus estudios en el conservatorio se planteó qué camino tomar y llegó una beca para el Finnish National Ballet, en Helsinki. Fue su primer contacto con el extranjero y descubrió algo que ya imaginaba. Aunque le sobrase talento le faltaban centímetros para la danza europea. "Yo mido 1,80 y era el más bajo con diferencia de la compañía. El siguiente medía 1,85. Así que, aunque les gusté, no podía quedarme. En Europa la danza es algo muy físico, mientras que en Estados Unidos, aunque cuidan mucho la técnica, valoran más el arte".
En 2015, Alonso fue uno de los más de 400 aspirantes que solicitaron una beca en la Joffrey Ballet School de Nueva York. Le concedieron una que cubría los estudios pero no la estancia. Hijo de un carpintero encofrador y de una funcionaria de Justicia, para él era imposible mantenerse en Nueva York. Con lágrimas en los ojos tuvo que dejar pasar la oportunidad. Y sin embargo, a veces, el destino enmienda sus errores. "Al tiempo, volvió a llamarme África Guzmán, que fue bailarina con Nacho Duato y colabora con la Joffrey; ella había sido profesora mía. Me dijo que en la escuela necesitaban un chico y que se habían quedado con un buen recuerdo de mí". Le ofrecieron una beca que cubriría el 75% de su estancia allí y volvió a rechazarla. "No imaginas lo caro que es vivir allí para mi familia era imposible". Tuvo que volver a rechazar la oferta, pero les mandó un vídeo bailando. "Me dijeron que sí, que fuera, que ellos se harían cargo de todo". Volvió a llorar pero esta vez sus lágrimas eran diferentes. "Lloré mucho, tenía que dejarlo todo, mi familia, mis amigos... yo hablaba inglés como un indio. Me entró mucho miedo y a la vez estaba muy contento".
Alonso llegó con un mes y medio de retraso a la escuela. El ambiente era muy diferente al de su conservatorio en Madrid. "Aquí todos nos llevábamos bastante bien, pero allí se notaba mucha competencia, era realmente duro, especialmente entre las chicas". Según va describiendo sus primeros días, uno lo imagina como un actor más de la serie Fama. "La fama cuesta y aquí vais a empezar a pagar con vuestro sudor", les espetaba la profesora a los jóvenes bailarines. "Sí, un poco así", concede Alonso, pese al tópico.
Después de nueve horas de entrenamiento de lunes a sábados, él repasaba las coreografías que tenía que haberse aprendido. "Eran números de 20 minutos súper difíciles. Además, me aprendí todos los papeles porque no sabes en qué momento te puede tocar. El mundo de la danza es así, cuando alguien deja un puesto, tienes que estar preparado y aprovechar la oportunidad. Y más cuando eres el nuevo. Necesitaba que se fijaran en mí".
Efectivamente, como si de una película se tratase (no piensen Showgirls) un compañero se marchó y Alonso tuvo posibilidad de demostrar el talento que atesoran sus piernas. Fue solista en la pieza neoclásica Raymonda , en Suit Saint-Saens, de Gerard Arpino, y So it was, de Dwight Rhoden. La elegancia de sus movimientos llamó la atención de la directora del New York Theatre Ballet, la prestigiosa compañía fundada en 1978 por Diana Byer, que le ofreció ser solista de cara a la próxima temporada. "Interpretaré piezas de los coreógrafos invitados y en navidades haremos El Cascanueces, es un clásico para las fiestas en Nueva York".
Quizás algún día hablemos de Alonso con la veneración que ahora rinden a figuras como Tamara Rojo. Él es más modesto. "Yo sólo quiero seguir bailando, es lo que me importa".
¿Te planteas volver a España?
Claro que me gustaría, es un país increíble. Pero sé que volveré cuando haya terminado mi carrera profesional, para ser profesor o algo así. Ahora, no me veo en ninguna compañía de aquí.

mercredi 10 août 2016

Llegué a España en cayuco con 12 años y me acabo de graduar en Magisterio

Une belle histoire

Llegué a España en cayuco con 12 años y me acabo de graduar en Magisterio

4 JUN 2016, el pais.com
Texto redactado por Gloria Rodríguez-Pina a partir de entrevistas con Abdou Karim.


El fin de semana pasado me gradué como maestro y tengo que decirlo: estoy muy orgulloso. Llegué aquí en cayuco sin saber nada de España, sin conocer a nadie. Diez años después he hecho una carrera, he jugado en el mejor club del mundo, que para mí es el Sporting de Gijón, tengo amigos y entreno a los prebenjamines de la escuela de Mareo.
Yo nací en Senegal en 1994, en Ziguinchor. Es una ciudad del suroeste del país, a orillas del río Casamanza, cerca de su desembocadura en el Atlántico. Vivíamos allí mi madre, mis hermanos y yo. Mi padre había muerto cuando yo era pequeño.
Mi hermano mayor (yo soy el del medio y nos llevamos cuatro años) consiguió el dinero suficiente para pagarse un viaje en cayuco e intentar llegar a las Islas Canarias. Se fue a los 16 y después de siete días de travesía, llegó sin problemas.
Yo también tenía sueños, quería estudiar, jugar al fútbol. Y en Senegal no veía cómo cumplirlos. Así que cuando unos meses después un amigo me contó que se había enterado de que un cayuco se estaba preparando para salir y me propuso irme con él, no me lo pensé dos veces.
Con 12 años no tenía dinero para pagar el viaje. Tampoco el permiso de mi madre. Si le preguntaba, sabía que me iba a decir que no. Nos escapamos sin decir nada y nos escondimos como polizones entre los bultos de comida y agua. Cuando ya estábamos en alta mar salimos del escondite.
Se enfadaron muchísimo; casi nos pegan y todo, pero como ya no podían dar la vuelta, no les quedó más remedio que cargar con nosotros. En realidad nos cuidaron muy bien y no faltó ni la comida ni la bebida, pero fue un viaje muy duro. La barca iba a tope y teníamos que recorrer casi 1.800 kilómetros. Debíamos ser 60 o 65, y no podíamos ni mover un pie. Te pasabas el día y la noche sentado, inmóvil.
Después de nueve días y mucha fatiga acumulada, llegamos a Canarias, creo que a Tenerife pero no lo recuerdo muy bien. La primera noche la pasamos en una especie de campamento para recién llegados. Todo seguía balanceándose como si siguiéramos en el mar, pero qué maravilla poder estirar las piernas y dormir tumbado.
No te dejaban llamar nada más llegar, pero como mi amigo y yo éramos los más pequeños, nos permitieron llamar a la nuestras familias. Quería hablar con mi madre, darle noticias mías y tranquilizarla, pero no conseguí hablar con ella.
Después nos llevaron a un centro de acogida para menores. Se llamaba La Esperanza, igual que nuestro equipaje. Allí teníamos más libertad de movimiento y en cuanto pude, salí a llamar a mi madre otra vez. Me decía que estaba loco, que cómo se me había ocurrido, pero a la vez estaba feliz de que estuviese vivo. No trató en ningún momento de convencerme para que volviese. Ella sabía bien que en Senegal no tenía futuro y lo más difícil del viaje, llegar sin morir en el mar, ya lo había hecho.
Mi hermano me llevaba unos meses de ventaja y le habían enviado a un centro en Asturias. Yo ya había empezado a hacer mi vida en el de Tegueste, también en Tenerife, y cuando me llamó para que me fuese con él la idea no me hizo ninguna gracia.
Llegué a Gijón disgustado, la verdad. Yo ya estaba estudiando y entrenando en un equipo de fútbol y de repente me sacaban de aquel conato de normalidad que había conseguido. En Canarias aún había una vegetación y una clima más o menos parecido al mío, pero Asturias no tenía nada que ver.
Ahora he hecho mío eso de Asturias patria querida. La gente aquí es muy buena; nos han ayudado mucho y nunca hemos tenido problemas con nadie. Tengo que dar las gracias a muchísimas personas que me han ayudado desde que llegué.
Al principio no teníamos ni idea del idioma, ni de la cultura. No conocíamos a nadie y todo nos resultaba extraño y diferente. Recuerdo perfectamente mi primer día en el colegio de Las Ursulinas. Estaba tan nervioso que cuando entré en la clase y vi a mis compañeros, me di media vuelta y salí corriendo.
El primer curso me costó muchísimo, pero pasé a segundo. Poco a poco empecé a sentirme como en Senegal, en casa.
Luego llegó la Selectividad, y la aprobé. Siempre me ha gustado el deporte y decidí estudiar Magisterio de Educación Física. Creo que acerté, porque me encanta trabajar con niños y creo que conectamos muy bien. En Mareo aprendo muchísimo con ellos.
En estos diez años mi hermano y yo hemos pasado por muchas cosas. Él se formó como soldador, pero ahora trabaja en el puerto de Avilés.
Lo más difícil de todo es que en este tiempo solo he visto a mi madre una vez, hace cinco años. El otro día le envié fotos de mi graduación. ¡Estaba tan contenta, tan orgullosa! Ve que no he perdido el tiempo, que he trabajado mucho para conseguirlo porque nada se regala en la vida.
Este verano, si todo va bien, espero poder ir a verla por fin. Y algún día, aunque es difícil porque es mucho papeleo, quiero que ella y mi hermano pequeño puedan ver Gijón y conozcan a mis amigos.
También espero poder hacer proyectos en Senegal, montar una escuela de fútbol allí y ayudar a la gente para que no tengan que hacer la misma travesía. Pero tengo claro que de aquí no me quiero ir, que ahora mi casa es esta, en Asturias, donde he cumplido mis sueños. Quiero seguir formándome en todo los ámbitos y también encontrar un trabajo.

“Soy ese niño que bailaba en el patio de su casa en Guadalajara y que llegó a la Ópera de París”

Une autre belle histoire.

“Soy ese niño que bailaba en el patio de su casa en Guadalajara y que llegó a la Ópera de París”

El bailarín mexicano del English National Ballet, Isaac Hernández, monta en México un espectáculo con las principales compañías de ballet del mundo

SONIA CORONA  México 5 JUL 2016 elpais.com


Isaac Hernández (Guadalajara, 1990) daba sus primeras piruetas de ballet en el patio de su casa después de que su madre quitase del tendedero la ropa recién lavada de él y sus diez hermanos. Tenía ocho años y vivía en la colonia Seattle del norte de la ciudad de Guadalajara. Su padre, el bailarín Héctor Hernández, se empeñaba en que aprendiera la mejor técnica de ballet y en que creyera que podía vivir de este arte si se lo proponía. “Tuve la fortuna de tener la formación técnica en mi casa y tenía acceso a ella todos los días, era de muy buen nivel”, recuerda Hernández en entrevista con EL PAÍS, ahora a los 26 años y tras presentarse como primer bailarín del English National Ballet en la Ópera de París.

El camino de los suburbios mexicanos a las grandes compañías europeas de ballet estuvo lleno de sacrificios personales para Hernández. Desde su niñez se vio en el difícil camino de las ayudas gubernamentales para estudiar en el extranjero, pero nunca miró hacia atrás. En junio, debutó en la Ópera de París al lado de la española Tamara Rojo y la compañía que lo ha acogido desde 2015. Bailó sobre las mismas tablas que las de su ídolo Rudolf Nuréyev y se consagró como el primer mexicano en conseguirlo. “Sin haber ido a una escuela formal y sin haber tenido esa tradición de educación que se requiere para llegar a ser primer bailarín, llegué con muchísimo orgullo porque sé que llegué allí gracias al trabajo que mi papá puso y gracias a esas personas que creyeron que ese niño de ocho años podía ser un bailarín profesional”, relata emocionado y continúa, "soy ese niño que bailaba en el patio de su casa en Guadalajara y que llegó a la Ópera de París".

Hernández ha sido miembro de compañías como el American Ballet Theater, el San Francisco Ballet y el Dutch National Ballet. El año pasado se unió al ballet inglés que se caracteriza por tener un elenco internacional y una buena cuota de bailarines latinoamericanos. El escenario lo comparte con los cubanos Yonah Acosta y Alejandro Virelles, así como con el brasileño Junor Souza y el también mexicano César Corrales.

Llegué al English National Ballet gracias al trabajo que mi papá puso y gracias a esas personas que creyeron que ese niño de ocho años podía ser un bailarín profesional

A Hernández le resulta natural hablar del ‘Brexit’, ante la diversidad cultural de su entorno en Londres. Le preocupa que la salida del Reino Unido de la Unión Europea pueda afectar la permanencia de los bailarines en la compañías y sus giras por toda Europa. “Las artes en Reino Unido son consideradas como una profesión que tiene escasos ejecutantes y dan visas para gente muy especializada que puede ir a trabajar en este sector. En la compañía en la que trabajo hay muchos bailarines europeos y se ve afectada de una manera irremediable porque es una compañía que está limitada a pedir pocas visas”, comenta. De momento su presencia en los escenarios ingleses, donde se ha hecho popular por su intervención en El lago de los Cisnes, no está amenazada.
En cada gran teatro y compañía a la que llega, Isaac Hernández no olvida sus primeros pasos de ballet en México y promueve entre sus compañeros el entusiasmo por llevar esta danza a lugares inimaginables. El próximo 30 de julio, el bailarín mexicano será el anfitrión de artistas de San Francisco, Bucarest, Londres, Washington, Atlanta y Ámsterdam en la ciudad de Guadalajara (la tercera más grande de México) donde presentarán Despertares, un montaje con algunas piezas de las compañías de ballet más importantes del mundo. “Es mi responsabilidad ofrecer este tipo de espectáculos a la gente que me vio crecer a lo largo de mi carrera”, asegura. A unos metros del sencillo patio en el que comenzó su carrera, Hernández cumplirá otro de sus sueños: bailar como un profesional en casa. “No hay las suficientes oportunidades, pero yo puedo ser testigo con mi vida de que las oportunidades son de quien las busca”, apunta.

Llegó en 2003 de lavaplatos a Madrid y hoy tiene dos estrellas Michelin

Voici une histoire comme je les aime!!

Llegó en 2003 de lavaplatos a Madrid y hoy tiene dos estrellas Michelin

La historia de la dominicana María Marte es la de una Cenicienta contemporánea, sin príncipes pero con final feliz
Llegó en 2003 de lavaplatos a Madrid y hoy tiene dos estrellas MichelinEFE 17/10/2015 abc.es

La dominicana María Marte llegó a España en 2003 y fue contratada como lavaplatos en El Club Allard. Hoy es la única cocinera de Madrid distinguida con dos estrellas Michelin y está al frente de un equipo de 30 personas en este restaurante. Su historia es la de una Cenicienta contemporánea, sin príncipes pero con final feliz, forjada en «la lucha constante, el sacrificio», en vivir «sonriendo todo el día» y, sobre todo, en una cocina «hecha con el corazón», explica en una entrevista con Efe. El chef Diego Guerrero, hoy en DSTAgE (una estrella), le dio la oportunidad de pasar de la limpieza a la cocina y acabó convirtiéndose en su mano derecha. Cuando él se marchó de El Club Allard en 2013, Marte (Jarabacoa, República Dominicana, 1976) quedó al mando de los fogones, donde desarrolla una cocina mediterránea creativa con dominio de la técnica.
—¿Cómo fueron sus comienzos en El Club Allard?
—Empecé trabajando por horas en tareas de limpieza, lo compaginaba limpiando una peluquería.
—Y ahora está al frente del restaurante. ¿Cómo fue la evolución?
—Es una evolución de lucha constante, de sacrificio, pero ha sido muy bonito. Me lo pasaba bien en el «office» fregando, pero yo sabía que era una gran cocinera. Cuando estaba fregando, siempre pensaba ¡si yo estuviera del otro lado!, porque era lo que me apasionaba. Un día pedí la oportunidad de entrar en la cocina y se me dio, aunque con unas condiciones muy duras porque me dijeron que tenía que seguir fregando. Acepté el reto y lo cumplí. Ese duro trabajo duró casi tres meses, porque mi antiguo jefe, Diego Guerrero, pidió que me retiraran de fregar porque yo valía para la cocina. En 2006 me convertí en su mano derecha y en 2007 nos dieron la primera estrella Michelin. Pasé por todas las partidas (pastelería, cuarto frío, carnes y pescados), supuso un gran rodaje. En 2010 ascendí a jefa de cocina y en 2011 llegó la segunda estrella. Me formé mucho en ese largo periodo como jefa de cocina y por eso puedo sostener hoy el cargo.
—Y de ser su mano derecha a estar al frente de El Club Allard. ¿Cómo lo ha vivido?
—Ha sido bonito aunque con mucho jaleo. He sabido marcar una transición y un ritmo que el cliente no ha notado siquiera. Seguí la misma línea, pero con mis creaciones, y gracias a no parar en seis meses de mi mandato aquí ya tenía ni propio menú hecho. Cuando Diego (Guerrero) se marchó de forma repentina, los responsables de El Club Allard apostaron por mí. Me preguntaron si quería quedarme al frente y mi respuesta fue ¡denme la oportunidad! Ya vamos por mi tercer menú en un año, lo que nos ha supuesto revalidar las dos estrellas, que era un reto muy importante.
—Es la única mujer en Madrid con dos estrellas Michelin, ¿cómo se siente?
—Como pez en el agua. Ya era hora, tenía que haber una porque somos, como se dice aquí, tres gatos. Ellos, que son grandes profesionales, se pueden mover más fuera de casa, pero la mujer tiene la vida familiar que no es fácil de compaginar con un trabajo que te absorbe todo el tiempo. Las cocineras somos brujas de las buenas, que hemos sabido estar en dos, tres y cuatro sitios a la vez.
—¿Por qué vino a España?
—Llegué en 2003 porque mi hijo mayor, de 8 años, estaba aquí con su padre, para mejorar su educación. Además, desde siempre supe que era una gran cocinera y España era entonces la cuna de la gastronomía.
—Además tuvo que ejercer como madre coraje...
—Tuve que luchar por la custodia de mis mellizos, por traerlos a España, fue muy duro. El salario de lavaplatos se me iba en hablar por teléfono con ellos y en abogados. Gané tres juicios, el padre recurrió dos, pero seguí luchando por ellos y por mi sueño en España, no me rendí nunca y aquí sigo. La lucha ha valido la pena, mis hijos están muy felices aquí conmigo y yo también. Soy una madre guerrera.
—¿Siempre quiso ser cocinera?
—Estudié pastelería en Santo Domingo, me viene de familia porque mi madre fue una gran pastelera, que llegó a vender sus confituras en Estados Unidos. Recuerdo especialmente la de papaya, que era muy peculiar. Me crié entre dulces y fogones, las muñecas de mi infancia fueron utensilios de cocina.
—¿A qué sabe su cocina?
—Me mantengo firme en la cocina mediterránea aunque tiene matices de mi vida, de mi historia. Es una mezcla muy bonita. Tengo raíces mediterráneas porque mi abuelo era español. Yo ya venía con la mezcla.
—¿De qué platos se siente más orgullosa?
—Me siento muy identificada con la flor de hibiscus con pisco sour y caramelo de pistacho. Cuando me atreví a sacar ese plato de raíces caribeñas al comedor fue muy valorado por los clientes y me tatué la flor en la cadera. Fue una de mis primeras creaciones, que va a cumplir un año, y está llena de sabores, colores y flores, representa mi tierra pero mediterráneamente hablando.
—¿Con qué se queda de su vida en España?
—Con su rica gastronomía. Sin ella no sabría vivir, si algún día me marchara, que espero que no, seguiría comprando productos españoles: mi buen aceite de oliva, mi buen tomate... Hay una infinita variedad de productos españoles que echaría de menos. Pero espero no marcharme nunca de España, me encanta la vida que llevo aquí y si ya tengo mis hijos aquí ¿qué más le puedo pedir a la vida?
—Habrá algo que no le guste...
—Lo peor que llevo es el frío (ríe a carcajadas), porque vengo de tierra caliente, de mucho sol, donde los abrigos se resisten. Pero cada año lo llevo mejor, me caliento entre pucheros y fogones.
—¿Suele viajar con frecuencia a la República Dominicana?
—Allí tengo prácticamente a toda mi familia, pero sólo voy en agosto, cuando tomamos las vacaciones en El Club Allard. Lo primero que hago es ir al cementerio (se emociona y llora). Es triste, pero mis padres fallecieron y no pude acompañarlos en sus últimos momentos. Estaba peleando, en juicios por la custodia de mis hijos, no podía salir de España, fue muy duro para mí. Mi madre tenía Alzheimer y cuando me nombraron jefa de cocina, que para mí fue muy importante, ella ya ni me conocía. Es raro en mí que llore, yo siempre vivo con los dientes afuera.
—Ha logrado cumplir muchos de sus sueños. ¿Alguno pendiente?

—Montar una pequeña ONG en mi país, unos talleres para los más desfavorecidos, hay muchos niños allí que necesitan ayuda. Como cocinera, la tercera estrella Michelin, y trabajamos para ir a por ella.